Enhorabuena
-¡Enhorabuena!, le dijo su vecina.
-Gracias, pero, ¿por qué?, contestó ella.
-¿No te has enterado todavía?
-¿De qué?
-Ay señor mío, no me lo puedo creer. ¡Que nos ha tocado la lotería!
Era 28 de diciembre y ella no se lo creía. Siempre se había llevado muy bien con sus vecinos, eran como una familia. Una vez al mes organizaban una comida en ese cuartito común que tenían en frente de la piscina. Ese día no faltaba nadie. Cada uno preparaba algo de comida y la compartían. Les encantaba reunirse. Era una tradición de muchos años atrás y siempre lo hacían, lloviera, nevara o hiciera un calor agotador.
Ella acababa de llegar de viaje. Había pasado el puente de diciembre en Suiza con un amigo. Como aún le quedaban algunos días libres en el trabajo, se los había cogido para poder disfrutar más de las pistas de esquí.
Según aterrizó en su casa, se dispuso a preparar algo para comer. Era el sábado en el que se reunía con sus vecinos. Cuando salió de su casa se encontró a Eulalia, su vecina. Y fue ella quien le dio la noticia.
Tras estar unos minutos en shock, otros en los que no se lo creía debido al día en el que estaban, y otros de nuevo en shock porque la noticia era real (el décimo de la comunidad había ganado el segundo premio), comenzó a dar brincos por toda la calle y a llamar a su familia.
-Mañana me voy a comprar los regalos de navidad, dijo.
¿El dinero da la felicidad?
El número 58.268 le ha cambiado la vida a mucha gente. ¿Por qué? Porque este ha sido el número del primer premio del Gordo de Navidad que ha hecho rico a muchas personas. Pero en Triángulo Polar nos preguntamos: ¿el dinero puede hacer feliz a las personas?
Seguramente muchos haréis una afirmación sin pensarlo, otros seréis de los que pensáis que quizás no dará la felicidad absoluta pero ayuda a ello… Pero son muchas las personas que después de ganar un premio de semejante importancia se han arruinado y han llegado a estar peor de lo que estaban antes de ganarlo debido a una mala gestión. Hay estudios que indican que hay familias que indican que los premiados continúan con sus trabajos, otras reducen el número de horas en su trabajo y otras que se dedican a invertir en bienes duraderos, sin embargo las familias con dificultades económicas tienden a consumir el premio y declararse en bancarrota al cabo de poco tiempo.
La fortuna y el dinero no sólo afecta a la felicidad personal de uno, sino también a la de nuestros vecinos, ya que según un estudio realizado en 2010, se observa que los vecinos de los premiados tienden a cambiar de coche, renovar la fachada, etc. a pesar de no haber sido premiados…
¿Habéis soñado alguna vez con ser ricos? ¿Seríais más felices?
¿Qué harías, oh tú que anhelas el dulce placer de la literatura, si te tocara el Gordo?
Qué navideñas estamos últimamente, recomendándoos libros para que no os aburráis en estas fechas. Estamos tan navideñas que hemos empezado a pensar en el pistoletazo de salida de las fiestas: ¿el adviento? ¿el anuncio de Freixenet? ¿el abeto de Pórtico? ¿las luces de colores en las calles? ¡No! La lotería de Navidad, el Gordo del 22 de diciembre. ¿Quién no ha pensado lo que haría si le tocara la lotería aunque no compre ningún billete? Los amantes de las letras seguro que de buenas a primeras se comprarían un cacho de la Biblioteca Nacional para poner una tumbona y una sombrilla y echarse a leer un ratito entre incunables y palimpsestos. Al menos por aquí suscribimos la idea. ¿Qué os parece? Podéis buscarla (Tumbona en la biblioteca, lo “intitulamos”) en el mapa de sueños de la simpática Fábrica de Sueños que han abierto en Internet con los cuartos de todos los soñadores. Volviendo a medias a la vida real, y con el brillo de los premios en mente, hemos descubierto que nuestros colegas de Libros y literatura se apuntan al carro de los sorteos, en esta época tan propicia para ello, y han puesto en marcha un concurso donde los ganadores conseguirán un vale para gastar en FNAC y un lote de libros. Como en Maleducadas somos pobres, os remitimos a ellos para ver si resultáis premiados. Sólo necesitáis escribir una minirreseña (de menos de 500 caracteres) y colgarla en su página de Facebook. Además (y esto nos encanta, porque ya acabamos de confesar que sólo somos ricas en imaginación), a los blogs que damos fe del hecho los de Libros y literatura nos incluyen ipso facto en el concurso. Bueno, ya sabemos que con el premio no podríamos comprar ese cacho de la Biblioteca Nacional que anhelamos, pero ¿qué nos decís de poner en marcha nuestras propias ideas literarias a mayor gloria de vosotr@s, nuestr@s seguidor@s más maleducad@s? Nos embarga la dicha y la emoción sólo de imaginarlas…
Como probablemente no volveremos a referirnos al sorteo del 22 de diciembre (no es cuestión de andar haciendo publicidad gratuíta, es decir, por la jeta, todos los días), ¡suerte a l@s que tenéis billetes de lotería de Navidad y, sobre todo, a l@s que no tenemos! Así sí sería mucha suerte que nos tocara, ¿no creéis? Y suerte a quienes os atreváis a minirreseñar. Como dicen las abuelas, al menos tenemos salud… para seguir devorando libros firmados por famosas u olvidadas escritoras.
En fin, elucubraciones febriles (y ciertamente codiciosas) al margen, ¡nos seguimos, maleducad@s!
¡Éste es, sin duda, el mayor Gordo que ha dejado la literatura!
Sembradores de odios e ilusiones pueriles
La siembra del odio es una de las principales estrategias que el capital pone en juego cada día para aferrarse a su poder hegemónico. Los numerosos canales de comunicación a su servicio, perfectamente representados por la caverna mediática, se aplican a fondo y de manera continua en inocular a la gente ese virus letal formado por puro odio contra determinados grupos o contra personas individuales. Odio contra el musulmán, odio contra el catalán, contra el homosexual, contra el funcionario o contra el sindicalista. Odio contra Chávez, odio contra el comunismo, odio contra Irán, contra Zapatero o contra los controladores aéreos. Cuanto más odiemos mejor para ellos. El odio nos individualiza y nos hace perder la correcta percepción de los verdaderos agentes causales de los problemas. El odio nos hace más vulnerables a la propaganda y predispone a muchos para la aceptación sumisa de las recetas patronales y las falsas soluciones neoliberales ante el expolio que las élites económicas de la sociedad ejercen con impunidad. Los que propagan el odio son los mismos que han creado la crisis y son sus principales beneficiarios.
La inoculación del odio combina perfectamente con la potenciación del egoísmo y la disolución práctica de la solidaridad. La búsqueda de la Justicia como motor ético de nuestro ser y estar en el mundo queda sustituido por la búsqueda del bienestar personal. Mecanismos de control y dominación como las loterías y los juegos de azar desempeñan un papel fundamental en este engranaje. ¿Para qué afanarnos en buscar la Justicia del reparto cuando el sistema nos ofrece una vía directa al bienestar personal a través de la acumulación individual?. ¿Para qué preocuparte por mejorar el mundo si yo, el capital, te ofrezco la felicidad inmediata en forma de cupón premiado, décimo de lotería o bonoloto?. Sencillos mecanismos de manipulación e hipnosis social que las élites siguen administrando con certera eficiencia. De momento la siembra de odio y el egoísmo sigue funcionando para la caverna pero… ¿por mucho tiempo más?.
Lotería de navidad
Mi tío Paco, hermano de mi madre, vivía con nosotros. Era un señor manco que siempre andaba por casa en pijama y pantuflas,tapado en invierno por una bata de cuadros marrones. Nunca pregunté a a qué se dedicaba ni por qué compartía nuestra casa, pero sí sé que mi tío Paco se volvía loco por la lotería de navidad.
Cada veintidós de diciembre se adueñaba de la mesa camilla del salón y disponía sobre ella todos los décimos y participaciones que jugaba, como si fuera un ejército de papelitos, ordenados por sus terminaciones, del cero al nueve. Encendía la televisión y la radio y seguía el sorteo a través de ambos aparatos; no sé cómo era capaz de distinguir los números que iban saliendo entre todo aquel barullo de voces, pero, de este modo, separaba sus papeletas en dos montones, las premiadas o no.
A eso de la una del mediodía, apagaba la tele y la radio, hacía una bola con las papeletas sin premio, se metía las otras, las menos, al bolsillo, y se marchaba a la cocina a grandes pasos; del almanaque colgado junto a la puerta de la galería, arrancaba todas las hojas entre el veintidós y el siete de enero, y las tiraba a la basura. Se asomaba al patio de luces y gritaba como un loco «la navidad es una mierda», arrastrando mucho la última palabra como si quisiera untar a todo el mundo con ella. Después, se encerraba en su habitación, de la que apenas salía hasta el día siete de enero, pese a los ruegos de su hermana y las amenazas de echarlo a patadas que profería mi padre cuando llegaba de trabajar y se encontraba la misma escena de todos los años.
Cada veintidós de diciembre yo rescataba de la basura esas hojas del almanaque, las grapaba y componía mi propio calendario de la navidad, en el que apuntaba todo lo que pasaba en esas fechas: qué había pedido a los reyes y qué me habían traído, qué platos había preparado mi madre; quién había venido a cenar, quién había faltado un año o ya para siempre; la primera vez que salía en nochevieja… En fin, mi tonto diario navideño.
Aún guardo esas hojas grapadas, las de todos los años entre 1981 y 1996. Excepto las del año 1992: aquella sí que fue una navidad muy, muy especial.
¡Suerte a todos!
El gran escenario de la Navidad…
En invierno no hay playa, ni chiringuitos, ni cervecitas en chanclas así que tenemos que soñar, tenemos que crear realidades un poco mejores que el frío mañanero, los cortísimos días y los fines de semana lluviosos. Para sobrevivir en invierno hemos creado una fiesta maravillosa donde todo es mentira, todo es insultantemente mentira pero que, con nuestra ilusión, convertimos en una enorme “verdad” pactada. Todo se convierte en un gran teatro: las ciudades, los pueblos, los centros comerciales y hasta nuestras propias casas. Disfrazamos todo lo que nos rodea, colegios, oficinas, taxis y a nosotros mismos para que todo parezca un gran plató de cine, fabricamos nieve con esprays, llenamos todo de purpurina de un dorado imposible, pegamos cintas aquí y allá, colgamos bolas desde donde no se puede colgar nada, gastamos rollos de celo, papel de regalo, árboles de plástico, césped falso, falso carbón, falsos reyes, papanoeles de mentira…
Pero adoramos la navidad, en el fondo a todos nos gusta (aunque sea un poquito), yo misma podría escribir 5 artículos como éste dando argumentos de por qué deberíamos odiar la navidad, además, ni siquiera soy creyente, y sin embargo, me siguen gustando las pelis de navidad, sigo sintiendo un no sé qué cuando entro en un comercio adornado con la musiquilla navideña de fondo, tengo todos los años la tentación de volverme loca y comprar un juego completo de adornos para mi casa con muchas, muchas luces… ¿qué nos pasa? ¿es todo única y exclusivamente consecuencia de lo bien que lo hacen los gurús del marketing? No lo creo.
Ahora que tengo un hijo podría justificar mi acercamiento a la navidad por causas evidentes y desde luego sí es así, en parte. Con un niño en casa todo adquiere sentido y justificación, no hay más que verles la cara ante los adornos, los muñecos, las luces pero sería una justificación muy simple, por los niños, ¿y ya está? No lo creo tampoco.
Nos gusta la navidad porque nos pasamos todo el año trabajando disfrazados de personas adultas y serias y en navidad nos podemos poner gorros, barbas y narices postizas y podemos hacer el payaso lo que nos apetezca. En el trabajo a muchos les dan una paga extra que ya está gastada antes de que llegue pero que nos da para un pellizquito más de ilusión y tenemos esas cenas de empresa de las que todo el mundo se queja (como de las comidas familiares) pero donde todo el mundo acaba soltándose la melena, emborrachándose, cantando o incluso hasta ligando… ¿sería posible algo así si no fuera en estas fiestas donde la desinhibición o incluso el ridículo está permitido a todos los niveles?
Nos gusta la navidad porque, como he dicho antes, todo es como un gran decorado y nosotros nos sentimos protagonistas de ese gran spot publicitario. Todos esos maravillosos y apetecibles productos están ahí colocados para nosotros, la música (como en las películas) suena para nosotros, los desconocidos nos dicen Feliz Navidad y hay seres extraños, disfrazados, por todas partes que nos sonríen y todos nos los tomamos en serio… es como ser por unos días Alicia en el país de las maravillas.
La navidad no solo nos gusta por lo que tiene de fantasía sino también por lo que tiene de repetitiva. Somos animales de costumbres y nos sentimos seguros repitiendo año tras año los mismos rituales, las mismas imágenes: la lotería y sus premiados en la calle tirándose cava barato y desafiando al frío, las campanadas (en la 1 por su puesto), el anuncio de Freixenet y el de Ferrero, el discurso del Rey que todo el mundo ve (¡qué remedio! si no hay otra cosa en ningún canal) y nadie escucha, el especial de Nochebuena de Raphael (por favor no me hagan opinar al respecto), el de humor y varietés de Nochevieja donde puedes ver a Bisbal en dos canales al mismo tiempo con diferente ropa y lamentarnos de qué lástima que ya no se hagan programas en directo como los de antes. Ese villancico que suena es horrible y la letra no tiene ningún sentido: “pero mira cómo beben los peces en el río…” (¿cómoooorrrrrrrrr?), “beben y beben y vuelven a beber…” es evidente, no tiene ningún sentido, pero nos gusta porque los villancicos nos los enseñaron nuestras madres o nuestras abuelas, y todos los años son los mismos, y esa repetición nos hace sentirnos en nuestro medio, con todo controlado alrededor.
Y hablando de beber y beber… como a los peces en el río, la navidad nos encanta sobre todo por los excesos. Nos encanta quejarnos de lo que estamos engordando o lo que engordaremos de aquí a reyes pero no paramos de meternos atracones hasta que nuestra única salvación es consumir el Almax por cajas. Bebemos, y lo que es peor, mezclamos bebidas hasta dormirnos en el sofá de la suegra o hasta acabar cantando encima de una silla con una botella de anís y una cuchara. Compramos hasta que la tarjeta dice que nos hemos pasado tres pueblos de nuestro cupo. Jugamos a todo lo jugable: lotería, mus, chinchón, bingo familiar o trivial. Gastamos y gastamos teléfono en mensajitos absurdos a gente con la que el resto del año ni nos saludamos por la calle. Y es que nos encanta trasgredir todos los límites y la misma sociedad que el resto del año nos mandaría a la hoguera por ser tan débiles, durante la navidad nos alienta para que nos dejemos llevar…
¿Saben lo que me comentó la abuela de una amiga?, que con los años parece que acabamos olvidando casi todo excepto las grandes celebraciones: las bodas (la nuestra y la de los amigos donde nos tomamos la borrachera de revancha), nuestro 18 cumpleaños, el mundial de La Roja, la comilona por el nacimiento de nuestro hijo, etc. Y hubo un tiempo feliz, durante años de nuestra infancia en el que todos los inviernos éramos los protagonistas de una gran celebración, un maravilloso cuento de hadas… nuestro subconsciente lo reconoce año tras año y, con la misma capacidad de evocación que el olor a tierra mojada, cualquier guirnalda nos evoca la ilusión, la magia, el tiempo de leyenda, la felicidad y la seguridad que sentíamos cuando niños y como tales, se nos abren mucho los ojos, se nos dibuja una sonrisa en los labios y tenemos ganas de jugar y también de ser mejores personas. Qué pena pues que no sea navidad todo el año, aunque sea medio mentira… ¿o no?
Si me tocara la loto…
La doctora Cano dijo una vez algo así como que conoces a una personas cuando sabes qué le regalarías si tuvieras todo el dinero del mundo (y aciertas, claro). Entonces comprendí que hay regalos comodín, regalos que sirven para cualquiera porque ¿quién te dice que no a una vuelta al mundo, a un concierto de tu cantante favorito en zona vip, a un cochazo (en función de los gustos de cada uno), a una casa en la playa o en puntos estratégicos como Londres, París, Roma, NY, Las vegas, Tokyo, Hong Kong, Dubai, Sidney (importante: en las zonas buenas)… ?
He de decir que si me rijo por esta regla yo, directamente, no conozco a nadie.
Creo que todo esto viene por la Navidad y sus chorradas. Que le estoy dando vueltas a los regalos (quién, qué, cuándo y porqué) y cada día me da más pereza. Si me tocara en la lotería un pico importante sería distinto, iría con mi alma consumista y con otro ánimo de tiendas… o me iría de tiendas a Londres, París… pero bueno, como no compro la loto, no pasa y como no pasa, no me hago ilusiones y si no hay ilusiones no hay Navidad… y si no hay Navidad? Yo por mí, montaba una fiesta antinavideña!!! ¬_¬ afú!
Sí, lo sé, lo sé, la Navidad no son solo los regalos. Estas fiestas son la excusa perfecta para hacer comidas laboriosas y reunirse para cenar con compañeros de trabajo, familiares y amigos, cuando (en realidad) si nos organizamos, podemos quedar cualquier día, pero da pereza y hay que tener excusas: un gordo vestido de rojo, tres jipis en camello, el nacimiento de un muchacho que morirá joven, el final de un año (mejor o peor) y el comienzo de otro (en el que te propones cosas que no cumples), vamos lo típico de estas fechas.
En fin, no tengo yo ánimos navideños este año…
O_O hola? Por qué los albañiles de mi bloque cantan para que los escuche todo el barrio? Concierto de flamenco en directo, no os digo más…
La lotería: una estafa aceptada por todos.
Debo de ser una de las pocas personas que saben, no solo que van a ser premiadas en la lotería de Navidad este año, sino incluso la cuantía exacta: 68€. Es la cifra, según una noticia, que el españolito medio va a gastarse este año en la lotería de Navidad y es, podríamos decir, lo que yo me voy a ahorrar puesto que, un año más, no pienso adquirir ninguna participación. La verdad es que me esperaba más pero bueno, para algún que otro regalillo me dará.
Siempre me ha parecido curioso el fenómeno de la lotería. En primer lugar porque es un negocio redondo: entregas un porcentaje de lo que previamente recaudas, es decir: rentabilidad asegurada. En segundo lugar porque a pesar de que la probabilidad de resultar premiado es ínfima, la participación es masiva.
Después está el tema de los números. He oído que este año está triunfando la fecha de la visita del Papa. Lo que no queda claro es si Dios allá en el cielo utilizará el formato de fecha español o el internacional. Pero al margen de intervenciones divinas, lo que más gracia me hace es que mucha gente piensa que unos números tienen más probabilidad de salir que otros. Así un 86436, por ejemplo, tendría más probabilidad de salir que un 11111. La probabilidad de todos y cada uno de los números del bombo es igual. Igual de remota, claro. Lo único que pasa es que hay muchos más números “normales” que “raros”.
La última tontería que he oído con respecto a los números ha sido en una noticia: que las mujeres suelen jugar más a los pares y los hombres más a los impares. Creo que es una estadística que igualmente se podría haber sacado entre los del norte y los del sur, entre los del Madrid y los del Barça, entre los del PSOE y los del PP… en fin. Si haces un sondeo entre estos “contrarios” es muy probable que el resultado dé que unos juegan más a pares y otros más a impares (de hecho la probabilidad de que salga así es del 50%). ¿Y qué querría decir eso? ¿Qué demostraría?Absolutamente nada. En mi opinión es una forma muy mala de adornar una noticia. Los periodistas saben perfectamente que las estadísticas resultan muy atractivas. Siempre se queda uno pensando “qué curioso”.
Otra cosa que resulta curiosa de la lotería es que la venta aumenta en tiempo de crisis, lo cual personalmente me parece lamentable por varios motivos. En primer lugar porque me parece triste pretender salir así de una mala situación económica. En segundo lugar porque, tal y como yo lo veo, el hecho de que no se informe sobre la probabilidad de acierto convierte a la lotería en una estafa en toda regla. Y por si esto fuera poco las loterías se diseñan de forma que el consumidor tenga una falsa percepción sobre es probabilidad. Yo obligaría a que en cada papeleta se informara sobre la probabilidad de acierto, incluso con comparaciones del tipo: “La probabilidad de ganar el premio gordo es cinco veces menor que la de ser alcanzado por un rayo”. Me pregunto en qué medida descenderían las ventas. De lo contrario para mí la lotería es una estafa, totalmente aceptada tanto por el gobierno como por los ciudadanos, pero una estafa. Estafa que, en época de crisis, es doblemente cruel ya que los más estafados son los más pobres.
Y lo que ya me parece el colmo es lo de querer comprar los mismos números que la gente con la que te relacionas, “porque ¿y si le toca?”. Pasa sobre todo con los compañeros de trabajo. Me pregunto dónde cortarán. ¿En el despacho? ¿En el departamento? ¿En la planta? Es imposible participar en todos los números en los que participa toda la gente con la que te relacionas y lo malo es que ¡puede tocar en uno de esos que no has comprado! Imaginemos la situación: te dejas 500€ intentando comprar los mismos números que casi todos tus compañeros de trabajo y luego va y le toca a uno de los que no habías copiado. En realidad lo que más me llama la atención es que lo hacen porque en general no se concibe la idea de ser el único o uno de los pocos que se queden sin premio en caso de que toque. Como si no se lo fueran a perdonar en la vida. Como si fuera imposible sobrevivir a una situación como esa: asistir como espectador a la euforia del vecino. ¿Muerte por envidia?
Comprendo hasta cierto punto que la gente juegue a la lotería, sobre todo cuando no represente una cantidad significativa de sus ingresos y no se convierta en una patología. Al fin y al cabo cada uno es libre de gastar su dinero en lo que más le plazca. También comprendo que para mucha gente sea un aliciente más en la vida. Qué duda cabe de que “de ilusión también se vive”. Quizá lo malo es que esa ilusión es ficticia en el sentido de que, tal y como he comentado antes, la gente tiene una falsa percepción sobre la probabilidad de que le toque. Está demostrado.
Personalmente no creo, en general, en “lo fácil” y menos que nada, en el dinero fácil. Estoy convencido de que el dinero fácil da felicidad inmediata y problemas a medio o largo plazo. Quizá muchos no me crean pero en realidad no quiero que me toque la lotería. ¿No es ésta una razón de peso para no jugar? Javier Cercas daba otra muy buena razón para no jugar en uno de sus artículos hace algún tiempo: “no juego a la lotería por miedo a que no me toque”. Está claro que él tenía en cuenta la probabilidad real de acertar. Pero la principal razón por la que no juego es quizá la más simple: intento no poner en riesgo mi dinero en algo que no dependa directa o indirectamente de mí. Lo habéis adivinado: tampoco invierto en bolsa. No me haré rico, pero tampoco es ese uno de mis objetivos en la vida.
La verdad sobre las tragaperras por un experto
Frank Legato es un periodista estadounidense que se dedica a noticias relacionadas con la industria de los juegos de azar. Ha escrito un libro titulado “How to Win Millions Playing Slot Machines! (or Lose Trying)” (“Cómo ganar millones jugando tragaperras (o perder intentándolo)”). Es un libro sumamente entretenido pero a la vez muy informativo. Pro atención: si alguien busca en sus páginas el secreto para ganar en las tragaperras, no lo encontrará. Porque simplemente no existe tal secreto. Todo es suerte en las tragaperras. Y Legato lo sabe. Y lo dice.
Lo que sí explica el autor es todo lo relativo al funcionamiento de las tragaperras y las probabilidades reales que tenemos de ganar. Por eso resulta útil: para no caer en las trampas de los mitos y las creencias generalizadas sobre las tragaperras.
Entre los temas del libro encontraremos la explicación del funcionamiento exacto de las mismas, cuáles son las que pagan más frecuentemente y cuáles las que pagan con menos frecuencia, cuáles de todas las creencias sobre tragaperras son ciertas y cuáles son mitos, en cuáles no deberíamos jugar nunca, con qué métodos podemos aumentar nuestras ganancias potenciales, cómo sacar provecho de los clubes de tragaperras, y más…
Uno de los capítulos más interesantes explica por qué no hay forma de controlar los resultados de las tragaperras, y por qué nunca podemos saber si ganaremos o perderemos.
El objetivo del libro es, simplemente, informar a los millones de personas de todo el mundo que juegan tragaperras, a quienes parece no importarles si ganan o pierden. Sólo les gusta jugar, y eso está muy bien. Pero cuanto más informados, mejor.
Cómo jugar después del flop en ShortStack
¿Qué clase de mano puedes tener?
Hay que distinguir entre tres clases diferentes de parejas: middle pairs, top pairs y overpairs.
¿QUÉ ES UNA MIDDLE PAIR?
Tienes una middle pair cuando tus dos cartas forman una pareja y en la mesa solo hay una carta superior a tu pareja, siempre y cuando esa carta no sea un As.
¿QUÉ ES UNA TOP PAIR?
Tienes una top pair cuando una de tus cartas de tu mano inicial te permite hacer una pareja con la carta más alta de la mesa.
¿QUÉ ES UNA OVERPAIR?
Una overpair es una pareja de mano que es mayor que todas las cartas de la mesa.
¿QUÉ ES UN OESD?
Cuando tienes cuatro cartas seguidas, por ejemplo, 4, 5, 6, 7, tienes un OESD (proyecto de escalera abierta).
Al tener cuatro cartas seguidas solo necesitas una más, ya sea como primera o última carta, para completar una escalera. Este proyecto de escalera debería ser el único que deberías jugar. Nunca deberías jugar tu mano cuando la que te falte sea una carta en mitad de la secuencia, por ejemplo 4, 5, 7, 8.
Como suele pasar en el Texas Hold’em, da igual si estás utilizando tus dos manos iniciales y tres cartas de la mesa ¿QUÉ ES UN PROYECTO DE COLOR?o si solo estás usando una de tu mano y cuatro de la mesa.
Si, por ejemplo, tuvieras dos ases y en el flop hubiera tres cartas más bajas, tendrías una overpair.
Si, por ejemplo, tuvieras un As y una Jota, tendrías una top pair cada vez que la carta más alta de la mesa fuera un As o una Jota.
Si, por ejemplo, tuvieras dos Jotas y hubiera un Cuatro, un Ocho y un Rey en el flop, tendrías una middle pair, ya que solo hay una carta que supera a tu pareja, el Rey.
¿QUÉ ES UN PROYECTO DE COLOR?
Cuando tienes cuatro cartas del mismo palo, tienes un proyecto de color.
Una carta más de dicho palo y ligarías un color.
¿Cómo deberías jugar tu mano?
Si has subido antes del flop
Si has subido antes del flop, jugar tu mano después del mismo es relativamente fácil. Tu objetivo es hacer all-in siempre que tengas una de las manos de más arriba o con una mano mejor, como un color.
Juegas: middle pairs, top pairs, overpairs, OESD, proyectos de color y cualquier mano mejor, como dobles parejas, tríos, etc.
Cómo jugar tu mano:
- Si nadie ha apostado o subido, apuestas aproximadamente 2/3 del bote.
- Si alguien ha apostado o subido antes que tú, vas all-in.
- Si apuestas y alguien sube después de ti, vas all-in.
- Si una apuesta o subida te costaría más de la mitad de tu stack, vas directamente all-in.
- Si uno o más oponentes solo ven tu apuesta o subida en el flop, haz all-in en el turn.
¿Qué pasa si tu mano no es jugable?
Si no tienes una mano jugable lo normal es que abandones sin invertir más dinero. En el caso de que puedas “pasar” deberías procurar hacerlo para ver la carta del turn gratis, ya que puede que tu mano mejore. En ese caso sigue jugando como si hubieras ligado en el flop.
En el flop hay dos excepciones.
Caso 1: si el bote es el doble de tu stack al comienzo de una ronda de apuestas, haz all-in sin importar lo que haga tu oponente o qué clase de mano tengas.
Caso 2: si has subido tras el flop y te enfrentas a un único adversario en el flop, apuesta aproximadamente 2/3 del bote, aunque no hayas ligado nada. Da igual qué clase de mano tengas en ese momento, tu apuesta es un farol. No olvides que solo deberías hacer esto cuando te enfrentas a un solo oponente que ni ha apostado ni subido.
Si tu oponente sube, tira tu mano. Si ve la apuesta, tendrás que abandonar tu farol, a menos que ligues con la carta del turn. Si en el turn logras una mano como una middle pair o top pair, haz all-in.
Si no has subido antes del flop
Si no has subido antes del flop, tras el mismo deberás jugar de otra forma. Normalmente este caso solo se dará cuando estés en la ciega grande y nadie haya subido antes del flop.
Lo primero, no deberías jugar ninguna mano que todavía deba mejorar. Esto significa que nada de ir en pos de OESD o proyectos de color.
Y lo segundo es que ya no deberías jugar middle pairs y solo top pairs cuando tu otra carta inicial (también llamada kicker) sea una Jota o superior.
Juegas: top pairs (con al menos una Jota de kicker), overpairs y cualquier otra mano mejor, como dobles parejas, tríos, etc.
Cómo jugar tu mano:
- Si no ha apostado nadie, apuestas aproximadamente 2/3 del bote.
- Si alguien ha apostado, vas all-in.
- Si has apostado y alguien te resube, haz all-in.
- Si una apuesta o subida te cuesta más de la mitad de tu stack, haz all-in.
- Si uno o más de tus oponentes se limitan a ver tu apuesta, en el turn haces all-in directamente.







