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Los sembradores de odios, grandes criminales de nuestro tiempo

La siembra del odio es una de las principales estrategias que el capital pone en juego cada día para aferrarse a su poder hegemónico. Los numerosos canales de comunicación a su servicio, perfectamente representados por la caverna mediática, se aplican a fondo y de manera continua en inocular a la gente ese  virus letal formado por puro odio contra determinados grupos o contra personas individuales. Odio contra el musulmán, odio contra el catalán, contra el homosexual, contra el funcionario o contra el sindicalista. Odio contra Chávez, odio contra el comunismo, odio contra Irán, contra Zapatero o contra los controladores aéreos.  Cuanto más odiemos mejor para ellos. El odio nos individualiza y nos hace perder la correcta percepción de los verdaderos agentes causales de los problemas. El odio nos hace más vulnerables a la propaganda y predispone a muchos para la aceptación sumisa de las recetas patronales y las falsas soluciones neoliberales ante el expolio que las élites económicas de la sociedad ejercen con impunidad. Los que propagan el odio son los mismos que han creado la crisis y son sus principales beneficiarios.

La inoculación del odio combina perfectamente con la potenciación del egoísmo y la disolución práctica de la solidaridad. La búsqueda de la Justicia como motor ético de nuestro ser y estar en el mundo queda sustituido por la búsqueda del bienestar personal. Mecanismos de control y dominación como las loterías y los juegos de azar desempeñan un papel fundamental en este engranaje. ¿Para qué afanarnos en buscar la Justicia del reparto cuando el sistema nos ofrece una vía directa al bienestar personal a través de la acumulación individual?. ¿Para qué preocuparte por mejorar el mundo si yo, el capital, te ofrezco la felicidad inmediata en forma de cupón premiado, décimo de lotería o bonoloto?. Sencillos mecanismos de manipulación e hipnosis social que las élites siguen administrando con certera eficiencia. De momento la siembra de odio y el egoísmo sigue funcionando para la caverna pero… ¿por mucho tiempo más?.

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