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Pedrea - Predicciones de Loteria 2010 - Loteria de navidad - Pedrea 2010




Me gusta ver el telediario del día 22 de diciembre, procuro no perdérmelo. Eso sí es noticia. Miles de personas a lo largo de toda la geografía española descorchando botellas, riendo, llorando y saltando de alegría. Ojalá, de hecho, fueran imágenes de una geografía mucho más extensa. Los miro  y soy feliz con ellos. Les ha tocado un premio. Pero yo creo que además del pellizco que pueda haberles venido bien por aquello de tapar los agujeros -casi todos los mortales tenemos alguno-, yo creo que el motivo de semejante explosión es el hecho de ser compartida y colectiva. Hay personas que apenas juegan nada, una mínima participación de un quinto premio, que no van a poder terminar de pagar su hipoteca, ni el préstamo de los muebles, que no van a poder irse de viaje, ni comprar un coche, que hoy también madrugarán para ir a trabajar -en el mejor de los casos- pero que ahí están, contribuyendo a que la onda sea expansiva.

La alegría genera una energía muy poderosa. Se piensa en alegría y se tiene imagen de movimiento, de entusiasmo, de actividad, de fuerza… y lo contrario con la tristeza. Imagino la alegría de una sola persona, en la intimidad de su casa, como pudiera ser yo ahora, descubriendo al comprobar un décimo que está premiado -no, no ha sido el caso-. Imagina.

Imagina que en lugar de quedarse en casa sale a la calle, y como ha tocado en la administración de su barrio, de pronto le abraza la vecina de cuarto – esa que nunca contesta a los saludos- con los ojos brillantes, y no sólo eso, sino que demuestra que es capaz de emitir sonidos. Y que en la calle está el frutero con una botella de cava sirviendo a quien se acerca, y el del bazar repartiendo vasos de plástico, y el camarero que sabe que la leche la tomas templada salta y te abraza también. Imagina. O imagina que de pronto esa persona que comprueba su décimo no está en la intimidad de su hogar, sino en una oficina inmensa donde trabajan doscientas personas en mesas corridas, y el premio ha recaído en el número que allí se juega. Imagina.

Me fascina esa onda expansiva, esa fuerza inmensa de la alegría cuando traspasa las fronteras de un individuo y se suma a la que ha traspasado al individuo que hay al lado, y al de al lado, y así. No sé si podría estudiarse el poder usarla como energía limpia y renovable, desde luego iluminar vaya si ilumina. Repito que a mí me fascina. Y aunque no me haya tocado nada me gusta ver el telediario del 22 de diciembre, y aunque no me guste el fútbol me encantó que España ganara el mundial, y aunque jamás haya estado en San Fermines ni me llame la atención la fiesta en sí, me gusta ver el chupinazo, y…  hasta en tiempos la Navidad fue también una fiesta con carácter alegre y de amplio espectro -preguntad a padres y abuelos cómo eran las navidades antes- mientras que ahora son melancólicas y se celebran en círculos muy íntimos y cerrados.  Y es que en general la alegría es un bien escaso, y las ocasiones en las que ésta se puede compartir y amplificar con otras personas más allá del estrecho y personal círculo de familiares y amigos, también. Hasta tal punto que cuando esto ocurre es noticia. Una de las que no me gusta perderme, para alegrarme no ya de un sorteo, ni de un resultado deportivo, ni una tradición o folclore pero sí alegrarme de la alegría.

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Me gusta ver el telediario del día 22 de diciembre, procuro no perdérmelo. Eso sí es noticia. Miles de personas a lo largo de toda la geografía española descorchando botellas, riendo, llorando y saltando de alegría. Ojalá, de hecho, fueran imágenes de una geografía mucho más extensa. Los miro  y soy feliz con ellos. Les ha tocado un premio. Pero yo creo que además del pellizco que pueda haberles venido bien por aquello de tapar los agujeros -casi todos los mortales tenemos alguno-, yo creo que el motivo de semejante explosión es el hecho de ser compartida y colectiva. Hay personas que apenas juegan nada, una mínima participación de un quinto premio, que no van a poder terminar de pagar su hipoteca, ni el préstamo de los muebles, que no van a poder irse de viaje, ni comprar un coche, que hoy también madrugarán para ir a trabajar -en el mejor de los casos- pero que ahí están, contribuyendo a que la onda sea expansiva.

La alegría genera una energía muy poderosa. Se piensa en alegría y se tiene imagen de movimiento, de entusiasmo, de actividad, de fuerza… y lo contrario con la tristeza. Imagino la alegría de una sola persona, en la intimidad de su casa, como pudiera ser yo ahora, descubriendo al comprobar un décimo que está premiado -no, no ha sido el caso-. Imagina.

Imagina que en lugar de quedarse en casa sale a la calle, y como ha tocado en la administración de su barrio, de pronto le abraza la vecina de cuarto – esa que nunca contesta a los saludos- con los ojos brillantes, y no sólo eso, sino que demuestra que es capaz de emitir sonidos. Y que en la calle está el frutero con una botella de cava sirviendo a quien se acerca, y el del bazar repartiendo vasos de plástico, y el camarero que sabe que la leche la tomas templada salta y te abraza también. Imagina. O imagina que de pronto esa persona que comprueba su décimo no está en la intimidad de su hogar, sino en una oficina inmensa donde trabajan doscientas personas en mesas corridas, y el premio ha recaído en el número que allí se juega. Imagina.

Me fascina esa onda expansiva, esa fuerza inmensa de la alegría cuando traspasa las fronteras de un individuo y se suma a la que ha traspasado al individuo que hay al lado, y al de al lado, y así. No sé si podría estudiarse el poder usarla como energía limpia y renovable, desde luego iluminar vaya si ilumina. Repito que a mí me fascina. Y aunque no me haya tocado nada me gusta ver el telediario del 22 de diciembre, y aunque no me guste el fútbol me encantó que España ganara el mundial, y aunque jamás haya estado en San Fermines ni me llame la atención la fiesta en sí, me gusta ver el chupinazo, y…  hasta en tiempos la Navidad fue también una fiesta con carácter alegre y de amplio espectro -preguntad a padres y abuelos cómo eran las navidades antes- mientras que ahora son melancólicas y se celebran en círculos muy íntimos y cerrados.  Y es que en general la alegría es un bien escaso, y las ocasiones en las que ésta se puede compartir y amplificar con otras personas más allá del estrecho y personal círculo de familiares y amigos, también. Hasta tal punto que cuando esto ocurre es noticia. Una de las que no me gusta perderme, para alegrarme no ya de un sorteo, ni de un resultado deportivo, ni una tradición o folclore pero sí alegrarme de la alegría.

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