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ESTE NIÑO NOS RETIRA

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Parece mentira que todavía haya gente que pague por hacer publicidades que nos retratan tan descaradamente. Hay anuncios que son como un cuadro de costumbres nacional. En este caso, el del segundo sorteo de lotería nacional más famoso – y, a la vez, el más descorazonador, porque sólo juegan los que no han ganado el Gordo – es una radiografía de nuestra forma más insana de pensar.
No hay español que no haya pensado alguna vez en que su hijo se convirtiera no ya en alguien de provecho, como se decía antiguamente, sino en el nuevo Cristiano Ronaldo o la nueva Belén Esteban, que hay gustos dispares e irritantes. En este deseo, que se asienta cada vez más, no desmerecemos un ápice a los norteamericanos. Por mucho que nos repugnen sus concursos de belleza infantiles, el trasfondo ilusorio viene a ser el mismo. Va más allá de la psique y del rollo de trasladar tus frustraciones a tus hijos. Queremos que nos saquen de la mediocridad y que nos harten de regalos y prebendas.
Pero también tiene una lectura maquiavélica la publicidad. A qué exagerar, que un niño deje sus juegos para embelesarse con la Marcha Radetzky del mayor de los Strauss hasta el punto de mover las orejas al compás del maestro Georges Prêtre no es como para tirar cohetes e hipotecar tu futuro. Es más que probable que el niño en cuestión la haya tarareado más de mil veces gracias a su afán repetitivo del Little Einstein. Pero es muy nacional comenzar el cuento de la lechera desde la más vana de las ilusiones y de ahí la frasecita de “¡este niño nos retira!”. Por muy bien que adiestremos al susodicho niño en ejercitar malabares con las orejas y fomentemos su capacidad para generar dinero con esa supuesta virtud, su fama será tan perentoria como la de otros niños prodigio de producto nacional. Fíjense si no en Edu, del anuncio de telefonía móvil.
Pero quién es capaz de quitarle la ilusión a esos padres, ¿verdad? Por mucho que la lógica sea aplastante, se afanarán por convertir al niño en la gallina de los huevos de oro, lo pasearán por todos los programas de habilidades varias y lo obligarán a dejar los estudios para presentarse a cualquier casting que huela a realidad enlatada televisiva. No para darle la felicidad al niño ni para asegurarle un puesto de trabajo gratamente remunerado, sino para que éste consiga retirarles, cansados de levantarse diariamente a las 7 para sus anodinos quehaceres.
De lo que no nos cabe la menos duda es de que no lo inscribirán en una academia para que entienda el solfeo, porque la música de cámara o la sinfónica, tal y como se está poniendo la Cultura en los últimos tiempos, no va a retirar del plato de habichuelas ni al más aventajado alumno de Cristóbal Halffter.

p.d. Publicado en el diario Hoy de Extremadura el 7 de Enero de 2012.

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