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El gran escenario de la Navidad…

Pedrea - Predicciones de Loteria 2010 - Loteria de navidad - Pedrea 2010




En invierno no hay playa, ni chiringuitos, ni cervecitas en chanclas así que tenemos que soñar, tenemos que crear realidades un poco mejores que el frío mañanero, los cortísimos días y los fines de semana lluviosos. Para sobrevivir en invierno hemos creado una fiesta maravillosa donde todo es mentira, todo es insultantemente mentira pero que, con nuestra ilusión, convertimos en una enorme “verdad” pactada. Todo se convierte en un gran teatro: las ciudades, los pueblos, los centros comerciales y hasta nuestras propias casas. Disfrazamos todo lo que nos rodea, colegios, oficinas, taxis y a nosotros mismos para que todo parezca un gran plató de cine, fabricamos nieve con esprays, llenamos todo de purpurina de un dorado imposible, pegamos cintas aquí y allá, colgamos bolas desde donde no se puede colgar nada, gastamos rollos de celo, papel de regalo, árboles de plástico, césped falso, falso carbón, falsos reyes, papanoeles de mentira…

Pero adoramos la navidad, en el fondo a todos nos gusta (aunque sea un poquito), yo misma podría escribir 5 artículos como éste dando argumentos de por qué deberíamos odiar la navidad, además, ni siquiera soy creyente, y sin embargo, me siguen gustando las pelis de navidad, sigo sintiendo un no sé qué cuando entro en un comercio adornado con la musiquilla navideña de fondo, tengo todos los años la tentación de volverme loca y comprar un juego completo de adornos para mi casa con muchas, muchas luces… ¿qué nos pasa? ¿es todo única y exclusivamente consecuencia de lo bien que lo hacen los gurús del marketing? No lo creo.

Ahora que tengo un hijo podría justificar mi acercamiento a la navidad por causas evidentes y desde luego sí es así, en parte. Con un niño en casa todo adquiere sentido y justificación, no hay más que verles la cara ante los adornos, los muñecos, las luces pero sería una justificación muy simple, por los niños, ¿y ya está? No lo creo tampoco.

Nos gusta la navidad porque nos pasamos todo el año trabajando disfrazados de personas adultas y serias y en navidad nos podemos poner gorros, barbas y narices postizas y podemos hacer el payaso lo que nos apetezca. En el trabajo a muchos les dan una paga extra que ya está gastada antes de que llegue pero que nos da para un pellizquito más de ilusión y tenemos esas cenas de empresa de las que todo el mundo se queja (como de las comidas familiares) pero donde todo el mundo acaba soltándose la melena, emborrachándose, cantando o incluso hasta ligando… ¿sería posible algo así si no fuera en estas fiestas donde la desinhibición o incluso el ridículo está permitido a todos los niveles?

Nos gusta la navidad porque, como he dicho antes, todo es como un gran decorado y nosotros nos sentimos protagonistas de ese gran spot publicitario. Todos esos maravillosos y apetecibles productos están ahí colocados para nosotros, la música (como en las películas) suena para nosotros, los desconocidos nos dicen Feliz Navidad y hay seres extraños, disfrazados, por todas partes que nos sonríen y todos nos los tomamos en serio… es como ser por unos días Alicia en el país de las maravillas.

La navidad no solo nos gusta por lo que tiene de fantasía sino también por lo que tiene de repetitiva. Somos animales de costumbres y nos sentimos seguros repitiendo año tras año los mismos rituales, las mismas imágenes: la lotería y sus premiados en la calle tirándose cava barato y desafiando al frío, las campanadas (en la 1 por su puesto), el anuncio de Freixenet y el de Ferrero, el discurso del Rey que todo el mundo ve (¡qué remedio! si no hay otra cosa en ningún canal) y nadie escucha, el especial de Nochebuena de Raphael (por favor no me hagan opinar al respecto), el de humor y varietés de Nochevieja donde puedes ver a Bisbal en dos canales al mismo tiempo con diferente ropa y lamentarnos de qué lástima que ya no se hagan programas en directo como los de antes. Ese villancico que suena es horrible y la letra no tiene ningún sentido: “pero mira cómo beben los peces en el río…” (¿cómoooorrrrrrrrr?), “beben y beben y vuelven a beber…” es evidente, no tiene ningún sentido, pero nos gusta porque los villancicos nos los enseñaron nuestras madres o nuestras abuelas, y todos los años son los mismos, y esa repetición nos hace sentirnos en nuestro medio, con todo controlado alrededor.

Y hablando de beber y beber… como a los peces en el río, la navidad nos encanta sobre todo por los excesos. Nos encanta quejarnos de lo que estamos engordando o lo que engordaremos de aquí a reyes pero no paramos de meternos atracones hasta que nuestra única salvación es consumir el Almax por cajas. Bebemos, y lo que es peor, mezclamos bebidas  hasta dormirnos en el sofá de la suegra o hasta acabar cantando encima de una silla con una botella de anís y una cuchara. Compramos hasta que la tarjeta dice que nos hemos pasado tres pueblos de nuestro cupo. Jugamos a todo lo jugable: lotería, mus, chinchón, bingo familiar o trivial. Gastamos y gastamos teléfono en mensajitos absurdos a gente con la que el resto del año ni nos saludamos por la calle. Y es que nos encanta trasgredir todos los límites y la misma sociedad que el resto del año nos mandaría a la hoguera por ser tan débiles, durante la navidad nos alienta para que nos dejemos llevar…

¿Saben lo que me comentó la abuela de una amiga?, que con los años parece que acabamos olvidando casi todo excepto las grandes celebraciones: las bodas (la nuestra y la de los amigos donde nos tomamos la borrachera de revancha), nuestro 18 cumpleaños, el mundial de La Roja, la comilona por el nacimiento de nuestro hijo, etc. Y hubo un tiempo feliz, durante años de nuestra infancia en el que todos los inviernos éramos los protagonistas de una gran celebración, un maravilloso cuento de hadas… nuestro subconsciente lo reconoce año tras año y, con la misma capacidad de evocación que el olor a tierra mojada, cualquier guirnalda nos evoca la ilusión, la magia, el tiempo de leyenda, la felicidad y la seguridad que sentíamos cuando niños y como tales, se nos abren mucho los ojos, se nos dibuja una sonrisa en los labios y tenemos ganas de jugar y también de ser mejores personas. Qué pena pues que no sea navidad todo el año, aunque sea medio mentira… ¿o no?

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