Apuestas

Informacion sobre las apuestas en internet

Blogalia, anunciate con nosotros




Esta mañana me he quedado roncando en el colchón amarillo. A pesar de que oía ruidos y golpes al otro lado de la puerta, he preferido seguir soñando en la cama y taparme los oídos bajo una incómoda almohada. Curiosamente, he tenido dos angustiosas pesadillas de las cuales hubiera sido preferible despertar. Sin embargo, por vagancia, no he querido huir del sueño profundo.

En una de las pesadillas, mi familia en España descubría que, al parecer, había perdido más de cuatro mil euros de otra persona jugando al póquer durante una noche. No sería tan grave si no fuera porque yo llevo un par de años viviendo en la ruina. Lo habían descubierto registrando una libreta del banco que yo habría olvidado en su casa y mi madre no dejaba de telefonearme a Makati para gritarme. Yo colgaba.

En cuanto abrí ligeramente los ojos, me percaté de que el teléfono móvil estaba sonando y vibrando sobre la mesa de madera, haciendo un ruido similar al de un taladro. Me estrujé aún más contra la almohada.

En la segunda pesadilla, me encontraba en la antigua Plaza Rius i Taulet de Barcelona -donde pasé unas estresantes vacaciones-, pidiendo vasos de agua en la barra de un bar y terminando a puñetazos con la gente y los camareros. Además, una de las personas que se encontraban en la plaza me había robado un pote de creatina en píldoras y no dejaba de jugar con las pastillas. Supongo que soñé con vasos de agua y creatina al haber estado un día entero hidratándome y entrenándome en el gimnasio. El teléfono volvió a vibrar con fuerza y esta vez respondí. Las 13.30h en la pantalla.

Era Juan, el director de la agencia de modelos. Quería llevarme a algún sitio y venía a buscarme. Llegaba en un minuto y yo seguía en mis calzoncillos blancos. Nervioso, me puse en pie de un salto, abrí la puerta de madera que daba al pasillo y ahí me encontré a cuatro isleños en camisetas azules y gorras de béisbol dando martillazos a las paredes, cubriendo de yeso blanco el parqué que pretendía pisar descalzo. Me froté los ojos, cegado por la luz solar que invadía el pasillo. Mirando mis calzoncillos, dejaron de golpear los muros por un segundo.

-¿Who are you? -preguntó uno de ellos, llevándose un enorme cuadro que había removido de la pared hacia una de las tres habitaciones contiguas a la mía. Seguidamente, me retiraron la mirada y continuaron dando golpes a la pared del vecino, ignorándome.

Gruñí, con la cantimplora de plástico en la mano, mientras me dirigía a la cocina a prepararme un batido de proteínas para desayunar. Dando malhumorados pisotones en calzoncillos sobre el yeso desprendido que cubría el suelo y se me clavaba en los pies, me alegré al comprobar que tenía agujetas en hombros y brazos. El día anterior en el gimnasio había dado sus frutos.

Una vez en la cocina, llené la cantimplora de agua y proteína en polvo sabor vainilla, la agité con fuerza sobre la pica de aluminio y tragué con ansias hasta que engullí el litro entero de agua helada. Pero al abandonar la cocina… me choqué con Juan, el director de la agencia, y ambos gritamos del susto. Al gritar, se me cayó la cantimplora sobre el parqué y a él las llaves.

El piso es suyo, por eso entra y sale tan tranquilo. Vestía con una camiseta de tirantes verde, gafas y unos pantalones corto. Era la versión bajita, sonriente y redondeada de un jugador de la NBA. Dejé que fuera él quien se agachara a recoger las cosas.

-¿Vamos? -me preguntó, nervioso. Corrí a mi habitación con la cantimplora y cerré la puerta.

Me vestí del mismo modo que él, aunque de negro, y bajamos juntos por el ascensor. Su mano temblaba. Al salir del edificio, entramos en el lujoso todoterreno blanco con el que él se desplazaba por Makati, y tras sintonizar una emisora local llena de música electrónica, condujo a gran velocidad hasta un restaurante italiano que se encontraba a tan solo dos calles paralelas de mi apartamento. Duración del trayecto: veinte segundos. Noté algunos restos de yeso vibrar en el interior de mis calcetines de mercadillo malayo.

La silla de cuero del restaurante era de lo más cómoda. Se trataba de un íntimo restaurante con forma de cubo barnizado, techo altísimo y aspecto lujoso. Al observar la carta, forrada en plástico verde, me percaté de que los precios tal vez no fueran los más accesibles para los habitantes comunes del lugar, aquellos que siempre abarrotaban los locales de comida rápida y sillas de plástico amarillo. “Pide lo que quieras”, sugirió Juan, frotándose las gafas con calma, sin dejar de sonreír.

Elevando su vista sobre la carta del menú, me percaté de que todavía le temblaba la mano. Parecía buscar a alguien, o asegurarse de que ese alguien no nos había seguido. Sumergí la cabeza entre las fotos de platos preparados y, tras unos instantes, observé a mi alrededor. Traté de deducir cuál era su preocupación, pero no hallé ninguna pista a lo largo del local.

La distribución y decoración eran del estilo de los restaurantes estadounidenses (mesas pegadas a pequeñas paredes prefabricadas y una banqueta a cada lado de la mesa, tipo mesita del parque), las paredes al exterior eran todas de cristal, y en la alta esquina frente a mí, un amplio televisor de plasma retransmitía la paliza que un filipino con guantes de boxeo le daba a otro, frente a miles de espectadores y una docena de comensales que masticaban pasta y bebían vino tinto. Tras soportar tres fuertes golpes directos a la nariz, el segundo cayó al suelo cubierto de sangre como los espaguettis con ketchup de la mesa contigua caían sobre los pantalones del niño que los tragaba. Aparté la mirada de él.

Mis tripas protestaron al notar el fuerte aroma a queso gratinado que se evaporaba desde la cocina, y sin pensármelo dos veces, señalé a la camarera mi elección en la carta de color verde. La verdad, había copiado la elección de Juan, ya que él era quien iba a pagar. A nuestro lado, un enorme vidrio pegado a la mesa nos regalaba unas feas vistas a un garaje gris abarrotado de coches aparcados y carteles colgantes copados por cadenas de restaurantes y gimnasios, entre los que se filtraba la luz que iluminaba el humo que se escapaba de cada plato. En poco tiempo, nos trajeron las ensaladas, enormes.

Durante la comida, Juan me explicó algunas cosas muy interesantes, como que en las islas no había posibilidad de construir una línea de metro subterránea debido a que las profundidades de la tierra estaban formadas por agua y no siempre se podía cavar sin que ello desembocara en una catástrofe. Las bajitas camareras, uniformadas con camisas blancas y muy atentas, iban llegando a la mesa una por una para traer y llevarse platos y cubiertos a medida que tragábamos. Todas pronunciaban un inglés envidiable y lucían dentaduras de anuncio.

Juan me hizo varias preguntas acerca de la cocina española y me contó que en Makati también la paella era un plato tradicional, debido a los colonizadores. Aproveché que tenía al director de mi agencia delante para convencerle de que contratara a Bruna, una amiga brasileña que se encontraba en Japón trabajando de modelo y que, según me había contado el día anterior por e-mail, no quería irse a París.

Ella debía abandonar Tokio en tan solo cuatro días, y a sus dieciocho años, estaba preocupada buscando directores de agencias. Si la contrataban, Bruna tendría que vivir en una de las habitaciones de mi apartamento, y aunque ya había pasado por mi cama cuando nos conocimos trabajando en Seúl,  no habíamos tenido ocasión de rematar la faena dignamente. Si Juan la contrataba, con un poco de suerte saldríamos ganando los tres. El tendría una nueva modelo, ella dejaría de estar preocupada por París… y yo tendría tres meses de compañía femenina con varios posibles desenlaces.

La camarera que nos había tomado nota le sirvió un chorrito más de limonada a Juan. Mientras yo le seguía hablando de Bruna, me percaté de que éste era muy desagradable con las camareras que traían los platos y refrescos, pero muy simpático con el único camarero que venía a recoger los platos sucios una vez nos habíamos comido su contenido: un isleño moreno de unos treinta y siete años, rapado y de constitución atlética. Siempre que éste aparecía ante la mesa, Juan parecía dejar de oír mis palabras o el sonoro combate, que se retransmitía en el televisor a sus espaldas y seguía salpicando sangre, y sólo tenía orejas para él.

Interrumpiendo mis buenas palabras sobre Bruna, Juan le preguntó al camarero si se habían visto antes, y éste, sonrojado, empezó a hablarle en el idioma propio del lugar. Mastiqué mi pechuga de pollo del segundo plato y fingí no prestar atención a la mano de Juan, que curiosamente, había dejado de temblar en el aire para comenzar a acariciar con sus anchos dedos el mantel de cuadros verdes y azules. Me obligué a mirár hacia el parking para digerir mejor el plato.

Juan le deslizó su tarjeta personal de color negro junto a una jugosa propina y el camarero desapareció para no volver, con una sonrisa de oreja a oreja. Ambos estaban como tomates pero Juan no volvió a temblar.

-¿Nos vamos? -preguntó, guardando su mano en el bolsillo. Tuve que dejar el plato a medias.

Mientras me transportaba a mi casa en el brillante todoterreno blanco (que ahora vi que era un Ford) Juan parecía querer deshacerse de mí, recordándome que tenía que estar ocupado por las tardes y no hacerle perder el tiempo con comidas y cenas. Me pregunté si me había sacado de mi cama a telefonazos solamente para utilizarme en sus ligues. ¿No quería ir a buscar al chico de sus sueños él sólo? ¿Quería hacerse ver con un modelo masculino para mostrar más valor frente a su objetivo?… Como al menos había desayunado gratis, dejé de hacerme preguntas y le di la razón a todo. ¡Si yo lo único que quería era dormir!

Abrí la puerta de mi apartamento. Tristemente, seguía llena de martillazos, aunque los hombres con gorras de béisbol y camisas azules ahora trabajaban en topless, cubiertos de yeso y pintura verde y luciendo unos curiosos sombreros de cow-boy de plástico. Como si no hubiera pasado el tiempo, seguían lijando las paredes con la misma intensidad que antes, que ahora eran de un chirriante color óxido, mientras silbaban una siniestra melodía al unísono.

Pisoteando con mis suelas de goma el yeso blanco derramado, planeé ignorarles, tumbarme en la cama y dormir un par de horas más. Pero antes encendí al máximo el aire acondicionado, para dejar de oír los silbidos de los Village People que destruían mi casa.

Hoy tocaba trabajar abdominales en el gimnasio y quería digerir bien los dos platos de comida italiana. Habíamos pedido ensalada de pollo gigante y mucha carne a la parrilla. No habíamos tomado postre, pero seguro que Juan iba a merendarse a un camarero de Makati, o quizás alrevés. Concentrándome en el olor a sudado de una de mis incómodas almohadas, recé por no ser atacado por una tercera pesadilla durante la siesta.

En fin, que mañana por la mañana tengo un cásting para algo relacionado con helados y lo único que sé es que tenemos que estar en ropa interior. Ahí va a haber mucha mujer con curvas… Ya contaré.

Nos vemos – 18 / 04 / 01

Escriba un comentario