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AYER

Pedrea - Predicciones de Loteria 2010 - Loteria de navidad - Pedrea 2010




Tengo la mala (y tan poco española) costumbre de llegar pronto a los sitios. Ayer había quedado, y coincidió con uno de esos días en los que se alinean los planetas, el autobús pilla todos los semáforos en verde y el metro llega en el momento exacto en el que entras a la estación; así que sin comerlo ni beberlo aparecí allí veinte minutos antes de la hora prevista.
Y aquí se plantea una cuestión: ¿cómo ocupar esos veinte minutos? Quedarme a esperar de pie con cara de imbécil estaba descartado, así que miré a mi alrededor y lo primero que vi fue un bar; un bar de esos que nunca encontrarás en el extranjero, de esos que son la pura esencia de lo español, cuyos nombres son tan poco creativos como su decoración. No puedo ni imaginar la cantidad de establecimientos que debe haber en Madrid bajo el nombre de “Bar Pepe”, por ejemplo.

Entré y a través de la nube de humo que llenaba el aire conseguí divisar a una camarera cubana a la que pedí un café.
Mientras esperaba me dediqué a observar a las dos personas que junto a mí y a la cubana conformaban la población de la cafetería: el primero, un hombre de mediana edad de esos que parecen venir de serie con las máquinas tragaperras, llevaba una chaqueta raída de cuero marrón, y fumaba sin desviar la vista de las ciruelitas, las campanas y los limones danzarines cuya musiquita se sumaba a los diálogos de “Amar en tiempos revueltos” que salían de un televisor colgado en la pared del fondo. El segundo, un hombre mayor de esos que da la impresión que bajan al bar a pasar la tarde, sentado en la barra fumando también e intentando (poco) sutilmente ligar con la camarera añadiendo un “guapa” y una sonrisa picarona detrás de cada frase que le dirigía.

Al cabo de un rato la buena mujer me puso mi café, acompañado de una loncha de chorizo sobre una rebanada de pan, que agradecí con una sonrisa disimulando mi desconcierto ante tan inexplicable combinación.
Tenía tiempo de sobra así que saboreé el café mientras miraba el televisor de la esquina, y tras un rato me di cuenta de que los cuatro seguíamos con expectación la telenovela; el señor de la tragaperras hasta había dejado de jugar y fumaba ahora con la vista fija en la pantalla. Fue él quien rompió el silencio para comentar, a nadie en particular, la crueldad con la que trataban a la costurera pobre en la serie; y sin saber cómo pasé a formar parte de una conversación exaltada con tres completos desconocidos acerca del destino de la joven.
Y así, discutiendo si debía o no la muchacha denunciar ante su patrona la maldad de sus compañeras se me pasó el tiempo volando, tuve que pedir la cuenta a toda prisa y salir corriendo. Llegué tarde.

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